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31 mar. 2017

¡A menudo!





A menudo olvidamos que la disciplina y el amor van de la misma mano, aunque muchas veces duela.

A menudo culpamos a Dios de nuestras situaciones aunque no le hayamos tenido en consideración en el momento en el que tomamos esa decisión que nos llevó a la tan desagradable situación actual.

A menudo queremos hacer ver que somos más pobres que nadie, cuando nosotros mismos donamos ropas que no nos vamos a poner más, para darlas a los pobres más necesitados.

A menudo nos justificamos diciendo que hay distintos escalones y grados de pobreza. Por eso el que tiene una televisión en casa es pobre y el que no la puede tener es… ¿aún más pobre? Solo hay ricos y pobres.

A menudo alimentamos lo que tanto daño nos hace y no resistimos la tentación de culpar a otros.

A menudo cuando estamos criticando a los demás queremos ensalzar nuestras virtudes, pero nos olvidamos de nuestras propias faltas.

A menudo olvidamos levantar la cabeza de nuestro ombligo para ver que no estamos solos en el escenario en el actuamos y que la gran verdad que nadie nos enseña es que el escenario no es la función que nosotros representamos y el resto el público, sino que en el escenario estamos todos y nos vemos los unos a los otros.

A menudo pasamos tanto tiempo mirándonos en el espejo que no encontramos nunca la suficiente satisfacción de vanagloriarnos como para abandonar dicha tarea y mirar a los demás.

A menudo olvidamos que el único modo de alcanzar la humildad es matar al egoísmo en el proceso.

A menudo olvidamos que en el verdadero y puro amor no existen los celos, ni las mentiras, ni espera nada a cambio por muchas justificaciones que demos.







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